𝐄𝐒𝐂𝐔𝐄𝐋𝐀𝐒 𝐄𝐍 𝐋𝐀 𝐌𝐈𝐑𝐀
En una sociedad enferma, ya nada sorprende.
Noticias de mierda florecen día a día, donde la violencia abraza y asfixia a todos, pero en especial a los más jóvenes.
Alumnas y alumnos que juegan en línea con el odio y lo toman como una bandera de ceremonia, cuando en su contexto no hay nada: no hay voces que acompañen, ni siquiera silencios; todo se conjuga en ruido, en crisis, ansiedad y peligrosidad. Pibes que la juegan solos en la vida, o junto a otros igual de solos, donde el bullying es la respuesta, y también la peor pesadilla.
Hoy, en Santa Fe, un joven de 15 años fue con una escopeta a disparar contra sus compañeros: uno perdió la vida y otro aún permanece hospitalizado. Esto, además de horrorizar a la comunidad, genera un ciclo viral que llega a manos de otros estudiantes, en cualquier otra parte, que atraviesan el mismo abandono emocional. Y eso es lo más peligroso: la repetición, la imitación, el contagio del horror. Minutos de atención frente a los ojos del mundo, en contraste con la desatención que siempre padecieron.
Mientras tanto, los medios, en su salsa, señalan a la escuela como culpable sin haber investigado, guiándose por voces adolescentes y dichos al pasar: culpan a la escuela por no haber visto las señales, por no haber podido contener al joven que asesinó a un niño de 13 años. Pero la realidad es otra. Hay un sistema educativo en indigencia del que pretenden, con vocación y a pulmón, que resuelva lo que el Estado decide no ver.
Con la salud mental en agonía, completamente desfinanciada, docentes agotados y mal pagos sostienen no sólo contenidos, sino también vínculos rotos, angustias profundas y violencias que llegan desde afuera del aula. Hoy, en un “sálvese quien pueda” como materia de supervivencia.
Y mientras se discute en paneles de televisión, se editorializa en redes y se lucra con la mala noticia de moda, en las escuelas no hay equipos suficientes, no hay herramientas, no hay tiempo, no hay plata. Porque la política no hace política ni gobierna: juega a otra cosa.
Gobiernos que recortan, que ajustan, que desfinancian, que convierten derechos en gastos. Funcionarios que banalizan la violencia con frases miserables, que alimentan el odio como estrategia y después se sorprenden cuando ese odio baja al aula, al patio, al cuerpo de un pibe armado. No es un error: es una consecuencia. Y la culpa, como siempre, termina cayendo sobre el docente.
A esto se le suma el atontamiento constante de las pantallas.
Un bombardeo incesante de estímulos, violencia y humillación convertida en entretenimiento.
Algoritmos que premian lo extremo, lo cruel, lo inmediato.
Jóvenes criados en la lógica del scroll infinito, donde el dolor ajeno dura lo que tarda en aparecer el siguiente video.
La tragedia se convierte en contenido, el sufrimiento en tendencia y la empatía en un lujo en extinción.
¿Qué fuerza puede tener una charla motivacional o un conversatorio sobre bullying cuando un tsunami de basura lidera los trending topics, y más aún si en casa no hay nadie que te pregunte cómo estás y se detenga a escuchar la respuesta?
Nada es inocente: es un sistema que idiotiza, que anestesia, que entrena para no sentir; un sistema que produce víctimas: víctimas que mueren y víctimas que matan.
La violencia sigue echando raíces desde hace mucho tiempo, y hoy es difícil arrancar ese árbol. La verdad es que con el delantal blanco y poniéndole el pecho a las balas no se soluciona nada. No alcanza con la épica del docente ni con la resiliencia forzada de los estudiantes.
Las redes se inundan de memes, reels y chistes sobre lo irreparable, mientras hechos de lesa humanidad ocurren en otras partes del mundo y también se consumen como espectáculo fugaz. Todo se vuelve liviano, descartable, olvidable: lo inmediato y lo que embrutece. Ni hablar de la cantidad de peligros que se esconden en los juegos en línea, donde nuestros hijos terminan siendo las presas.
En la Argentilandia de Javito no hay presupuesto ni para una tiza o una pizarra, pero sí para sostener privilegios, negociados y la obscenidad de unos pocos que se enriquecen mientras el resto sobrevive.
Y frente a esto no hay matices posibles: este hecho no tiene justificación, no admite relativismos ni excusas. Es una tragedia que debe doler, sacudir y obligarnos a reaccionar como sociedad. Pero reaccionar en serio: exigiendo políticas públicas, inversión en educación y salud mental, límites claros a la violencia discursiva y responsabilidad sobre lo que consumimos y reproducimos.
Naturalizarlo, convertirlo en contenido o usarlo como munición discursiva es ser parte del problema. Porque cuando la violencia deja de escandalizarnos, cuando un pibe armado deja de ser una alarma y pasa a ser una postal más, ya no estamos frente a una sociedad en crisis: estamos frente a una sociedad que eligió mirar para otro lado. Y eso, también, es una forma de disparar.
¿Hay que debatir en las escuelas sobre este tema?
Sí, urgente.
¿Pero qué más?
¿Vamos a seguir esperando que un portero se juegue la vida para reducir a un pibe armado, para después colgarle la medalla de héroe y así evitar discutir la verdadera dignificación de la educación argentina?
Ese reconocimiento vacío funciona como coartada: tapa la falta de inversión, la ausencia de políticas reales y el abandono estructural.
Y tampoco es la salida el curro de los detectores de metales, idea que algunos funcionarios comienzan a masturbar por debajo de la mesa, ni la garita de policías en las puertas como si la escuela fuera una cárcel. La educación no es un operativo de seguridad ni un espectáculo para calmar conciencias. La educación es acompañamiento, pero lamentablemente, en esta realidad, los docentes estamos solos.
Porque la educación se construye con presupuesto, con equipos interdisciplinarios, con tiempo, con escucha y con una presencia real del Estado. Todo lo demás es maquillaje para no hacerse cargo de lo esencial y no poner una sola moneda en educación.
Lo digo como docente y como padre de niños en edad escolar: ¿qué seguridad tiene uno cuando deja a sus hijos en la escuela,
mientras el mensaje del odio es tan fuerte
que alimenta algunas cabecitas
que crecen rodeadas de fantasmas?
Ese docente, obligado a manejar un Uber para poder llegar a fin de mes, asesinado en el intento de sobrevivir, es la prueba brutal de que todo está profundamente mal y a la ves tan conectado.
Porque cuando el Estado se retira,
la violencia avanza sin distinción
y educa peor,
pero más rápido que cualquier escuela.
Texto catártico: Gabriel Artes Visuales
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ESCUELAS EN LA MIRA

Texto escrito por @gabrielartesvisuales luego del asesinato del joven en la Escuela N°40 de San Cristóbal, en Santa Fe.





